LA TIENDA QUE ME HABRÍA GUSTADO ENCONTRAR
Por qué existe La Gamberra.
De pequeño tenía una obsesión bastante concreta: encontrar un lugar secreto.
Me imaginaba un sótano abandonado, una habitación escondida o cualquier sitio al que poder ir con mis amigos después del colegio. Un lugar donde pudiéramos llevar nuestras cosas, montar nuestros inventos, jugar, escuchar música y hacer lo que nos diese la gana sin que nadie nos dijera qué teníamos que hacer. No tenía muy claro qué quería hacer allí, pero sí tenía clarísimo que quería tener un sitio que fuese nuestro.
Años después terminé haciendo algo bastante parecido.
La Gamberra nació porque echaba de menos una tienda en Madrid donde encontrar ropa alternativa sin tener que acabar siempre en las mismas tiendas de fast fashion. Quería poder entrar en un sitio y sentir que había alguien detrás tomando decisiones, buscando cosas que no estaban en todas partes y pensando en quién iba a entrar por esa puerta.
Pero con el tiempo me di cuenta de que la ropa era solamente una parte de lo que quería construir.
Antes de abrir La Gamberra había trabajado durante años en cine, series, publicidad y distintos proyectos creativos. Si algo aprendí trabajando en rodajes es que organizar cualquier cosa que implique a mucha gente es un máster acelerado en organización. Un rodaje puede tener cientos de piezas moviéndose a la vez y, si quieres que todo funcione, tienes que saber coordinar personas, tiempos, espacios y problemas que aparecen cuando menos te lo esperas.
La publicidad me dejó otra cosa: la necesidad de buscar una idea detrás de lo que haces. Siempre me ha costado conformarme con una identidad construida simplemente porque queda bonita. Me interesa saber qué hay detrás, de dónde viene una idea, qué referencias tiene y cómo puedes conseguir que diferentes cosas tengan una relación entre ellas.
Supongo que por eso La Gamberra terminó convirtiéndose en una mezcla bastante extraña de todas esas cosas. Una tienda de ropa en la que la estética importa muchísimo, pero donde también importa lo que ocurre alrededor de ella.
Una de las cosas que más me han influido siempre han sido las tiendas y los barrios donde la gente creativa tiene facilidad para enseñar lo que hace. Berlín, Brick Lane en Londres, Glasgow y otros lugares donde puedes entrar en un espacio pequeño y encontrarte una marca que acaba de empezar, un diseñador haciendo sus primeras prendas, un proyecto artístico o cualquier cosa que alguien haya decidido montar porque tenía algo que decir.
Me gusta esa sensación de que una tienda puede tener personalidad propia y que no todas tienen que parecerse entre ellas.
También me gusta que existan turistas y que formen parte de una ciudad como Madrid. Sería absurdo fingir que no importan. Pero una ciudad puede recibir millones de visitantes y seguir teniendo negocios con alma, tiendas con personalidad y gente haciendo cosas que no han sido diseñadas para gustarle a todo el mundo.
Eso es algo que siempre he querido mantener aquí.
Cuando alguien entra en La Gamberra después de haber pasado por otras tiendas, me gustaría que tuviera la sensación de haber llegado a un sitio que ha pensado en él. Por eso detrás de cada colección hay muchísimas horas de búsqueda. Me paso el día mirando tendencias, visitando tiendas, comparando lo que tenemos con lo que podría traer y descartando cosas para intentar no repetir lo que ya está en todas partes. Hay días enteros entre fábricas, almacenes, coches y viajes buscando prendas que tengan algún sentido dentro de lo que estamos construyendo.
A veces traer una prenda hasta aquí implica muchas más horas de las que nadie imagina cuando simplemente la ve colgada en una percha.
Y esa misma atención quería llevarla a todo lo demás.
Desde el día de la inauguración ha habido conciertos en la tienda. Soy músico y, además, siempre tuve claro que si tenía un espacio propio quería utilizarlo para que otras personas pudieran enseñar lo que hacen. Durante mucho tiempo me dediqué a cosas creativas y nunca tuve un escaparate que me lo pusiera especialmente fácil para mostrar mis proyectos. Así que cuando tuve uno, decidí que no quería que fuese solamente para mí.
Quería que fuese un espacio para cualquiera que tuviera algo que enseñar.
De ahí salen muchas de las cosas que hacemos en La Gamberra. Los conciertos, los eventos, las colaboraciones y ahora Good Company tienen la misma raíz. La idea de que una tienda puede ser también un lugar donde ocurren cosas.
Good Company nace precisamente de ahí. Cada dos viernes invitamos a una marca emergente a venir a La Gamberra, ocupar el espacio y presentar su proyecto. No le cobramos por estar aquí.
¿Por qué?
Porque son marcas emergentes. Porque sé lo difícil que es encontrar un escaparate cuando estás empezando. Y porque ahora que yo tengo la suerte de contar con uno en pleno Malasaña, me parece mucho más interesante compartirlo que guardármelo.
Una marca puede encontrar aquí gente que quizá nunca habría conocido y nosotros podemos descubrir personas, ideas y proyectos que de otra manera probablemente no habrían llegado hasta la tienda. La intención es que haya conexión. Que dos personas que hacen cosas puedan conocerse. Que alguien entre por casualidad, descubra una marca que no conocía y salga pensando en ella.
Para mí, ver cómo empiezan a conectarse distintas cabezas creativas dentro de la tienda es una de las mejores partes de todo esto.
Y sí, hay algo de intentar hacerle un poco de jaque al sistema.
No necesitamos que todo pase por los mismos sitios, ni que para enseñar algo tengas que poder pagar un alquiler, una feria o una campaña. Si tenemos un espacio que puede servir para que alguien enseñe lo que hace, prefiero abrir la puerta.
Quizá por eso también me importan tanto los detalles.
A mí me gusta que tengan detalles conmigo. Me hacen sentir que el mundo es un lugar un poco menos hostil. Y si puedo conseguir que alguien que entra en La Gamberra tenga esa misma sensación durante un rato, me parece suficiente motivo para hacerlo.
Ahora tenemos, por ejemplo, el partnership con Kombucha Republik, gracias al cual cualquiera que esté en la tienda puede tomarse un refresco mientras mira y se prueba ropa. Puede parecer una tontería, pero precisamente me gustan esas cosas. Que alguien pueda entrar, mirar tranquilamente, tomarse algo y pasar un rato sin que todo tenga que estar inmediatamente relacionado con comprar.
Cuando hacemos algo especial siempre intento que haya algún detalle para la gente que se acerca. No porque haya una estrategia secreta detrás de cada cosa, sino porque yo soy así también fuera de la tienda.
La Gamberra, en ese sentido, se parece bastante a mi casa.
Es el sitio donde quiero que pueda entrar gente distinta, escuchar música, conocer a alguien, descubrir una marca, probarse una chaqueta, tomarse algo o simplemente pasar un rato. Es un lugar en el que la gente creativa es bienvenida y donde alguien puede venir con una idea y decir: “¿y si hacemos esto?”
Y creo que eso también explica por qué Malasaña tenía sentido.
Es una de las zonas más alternativas de Madrid y sigue teniendo una cantidad enorme de negocios pequeños, proyectos independientes y gente haciendo cosas por su cuenta. Hay una mezcla de culturas, estilos y formas de entender la ciudad que hace que constantemente aparezca algo nuevo. Desde que abrimos he descubierto que la calle está llena de gente con proyectos. Muchísima más de la que parece cuando simplemente caminas por ella.
Quizá La Gamberra sea, al final, mi manera adulta de construir aquel lugar secreto que imaginaba cuando era pequeño.
Ahora no necesito esconderme en un sótano abandonado. Tengo una tienda en Malasaña. Tengo ropa por todas partes, música, conciertos, marcas invitadas, gente entrando y saliendo y hasta una PlayStation para echar unas partidas cuando toca.
Y eso último no es una metáfora especialmente profunda. Si quieres jugar, puedes jugar.
Creo que esa es la esencia de La Gamberra.
Un lugar que empezó buscando ropa diferente y que terminó convirtiéndose en un sitio donde diferentes cosas pueden encontrarse. Una tienda, sí, pero también un escaparate para quien todavía no lo tiene, un punto de encuentro para gente creativa y un espacio en el que intentamos que durante un rato todo sea un poco más fácil.
Al final, supongo que sigo buscando lo mismo que cuando era pequeño.
Un lugar al que entrar, cerrar la puerta y sentir que aquí dentro podemos hacer nuestras cosas.